Una de las grandes estrellas de la época dorada de Hollywood fue, sin lugar a dudas, la bella Audrey Hepburn. Muchos se asombraban de que hubiera llegado a la fama una joven flacucha, de cejas pobladas y grandes ojos, que no se correspondía con los atributos exuberantes que destacaban en el cine, como los de Marilyn Monroe.
Sin embargo, los rasgos de Audrey son mucho más apreciados en la actualidad, cuando las celebridades como Lily Collins o Cara Delavigne destacan sus cejas gruesas y los cuerpos más delgados son vistos como atractivos.
Aunque terminó por convertirse en un mito dentro del mundo del cine y hoy sus fotografías de “Desayuno en Tifanny’s” se reproducen en todos los soportes, Audrey fue en realidad una muchacha melancólica que nunca se consideró una buena actriz, sino una bailarina frustrada.
Con una infancia marcada por el abandono de su padre y los horrores que vio durante la ocupación nazi de su Holanda natal, Audrey llegó al cine casi por casualidad. De todos modos, logró filmar largometrajes con los directores de Hollywood más reconocidos y actuar al lado de los galanes más atractivos del momento.
Luego de dos matrimonios frustrados y varios abortos que la sumieron en profundas depresiones, la bella actriz abandonó las cámaras para resguardar su privacidad en Suiza, donde podía vivir una vida normal. En sus últimos años, se dedicó exclusivamente a la caridad, ejerciendo un rol comprometido en UNICEF que la llevó a viajar por el mundo para asistir a los niños más desprestigiados.
Aunque ya había participado en algunas películas y obras musicales, el papel que la catapultó a la fama fue Vacaciones en Roma, film que rodó junto a Gregory Peck y que le valió el único premio Oscar de su carrera. Con ese rol, los críticos destacaron no sólo sus capacidades interpretativas sino su belleza sutil que representaban la sencillez y la elegancia femenina.
Cuando ya se había convertido en una de las actrices más taquilleras de Hollywood, Audrey firmó un contrato para interpretar a Holly en “Desayuno en Tifanny’s”, de 1961. Con mechas rubias en el pelo, grandes gafas oscuras y su vestuario diseñado íntegramente por Givenchy, Audrey se convirtió en un verdadero ícono del glamour de Hollywood y de toda la cultura popular. Su estilo incluso fue copiado por otras grandes estrellas y al día de hoy en Norteamérica sus fotografías siguen siendo muy populares.
En 1993 y con 63 años de edad, Audrey murió de cáncer en su sencilla casa ubicada en Tolochenaz, Suiza. Tres meses antes había realizado su último viaje a Somalía cumpliendo funciones para UNICEF. En la sede neoyorquina de esta organización, en el año 2000, se inauguró una estatua para rendirle homenaje.












